La Piedra Translatofal

El blog de traducción de Sergio Núñez Cabrera

Dieta para cerebros hambrientos

¡DAME DE COMERRRRR!

-Audrey, planta carnívora sobredimensionada

Me encanta «La pequeña tienda de los horrores»; era una de mis películas favoritas de pequeño. A veces me siento identificado con el protagonista de «Sigue soñando», que vio tanta televisión de niño que cada vez que le ocurría algo lo relacionaba con una escena o frase célebre de un programa de televisión o film. Pues aquí pasa lo mismo. Mi cerebro, cuando tiene hambre, adopta la voz de Miguel Ángel Jenner, el actor que dobla a Samuel L. Jackson, y me grita la frasecita de más arriba. Y contesto «Sí, mi Khan» (otra referencia) y procedo a satisfacer los deseos del insaciable dios que mora dentro de esa maraca que tengo por cavidad craneal. Pero hay ocasiones en las que ese dios que provee está más hambriento que nunca y nos exige un sacrificio para que lo aplaquemos:

Te acaban de dar un encargo muy voluminoso a la par que enjundioso que tienes que entregar, a lo sumo, dentro de un par de meses (con sus revisiones previas y pertinentes, claro está) y decides remangarte y «ponerte al tajo, digooo al trabajo», como John Hammond. Necesitas estar al cien por cien. Necesitas nutrirte como es debido. He aquí unos pocos consejos:

El desayuno: la comida más importante del día, la llaman, y no sin razón; son las primeras reservas energéticas que suministramos al cuerpo y, teniendo en cuenta que la nuestra es una actividad que exige mucho rendimiento por parte del cerebro, debería ser lo más nutritivo posible. Ahora bien, ¿cómo enfocarlo?

En mi caso, desayunaba dos veces; el primer turno nada más levantarme, a eso de las 6.30, y el segundo, a media mañana, sobre las 10.00 o las 11.00. Sin embargo, como me di cuenta que conforme pasaba la semana había días en los que no rendía tanto por el agotamiento, invertía las cantidades de cada turno: los días que estaba «fresco», el primer turno lo hacía más ligero que el segundo. Y los días en que me levantaba como si me hubieran pegado una paliza, invertía el aporte nutricional. Un ejemplo:

Es lunes. Me levanto de un salto de la cama, dándole vueltas a cómo puedo transformar esa palabra compuesta en una sola lo bastante creativa y descriptiva, al tiempo que me dirijo a la cocina. Abro la nevera y cojo dos piezas de fruta de entre una selección de plátanos, manzanas y naranjas y a estas les sumo un yogur natural que voy a aderezar con miel y muesli (que ni fundéu ni el DRAE recogen en sus bases de datos). Desglosemos:

El plátano es rico en hidratos de carbono, esos troncos de madera que echamos a la caldera que es el metabolismo y sin los cuales no podríamos funcionar, pese a que muchos productos esgriman el argumento falaz de «bajo en hidratos de carbono = no engorda». Lo que engorda es no quemar esa energía que le damos al organismo. Lo mejor de todo es que el plátano, aparte de estimular la mente debido a su contenido en fósforo y vitamina C, debido a su riqueza en potasio ayuda contra la retención de líquidos al contrarrestar los niveles de sodio (necesario en cantidades normales, por otro lado), lo que a todos los efectos lo convierte en un complemento ideal para las dietas de adelgazamiento. Por si fuera poco, mejora la circulación, algo que como animales un tanto sedentarios que somos, se agradece bastante.

Por su parte, la naranja también tiene niveles más que aceptables de fósforo (bueno), potasio (bueh, es necesario) y sodio (necesario también, aunque lo hemos contrarrestado con el plátano). Su mayor baza nutricional es su alto contenido en vitamina C y A. Además, sólo tiene un 5% de azúcar.

La manzana tiene muchas propiedades, entre las que destacan su capacidad diurética, su alto contenido en fibra, vitamina A y pectina (combate la diabetes). Además, ayuda a quemar grasa.

El yogur natural contiene más proteína y calcio que un vaso de leche y encima tiene menos índices de sodio, aunque suele depender de la marca que compremos, claro está. Contiene índices bajos de grasas saturadas, colesterol y lactosa, lo que a los intolerantes a este hidrato de carbono les beneficia al poder aportar a sus organismos los beneficios de la leche sin tener que robarle a Cleopatra nada de la piscina. También es un alimento probiótico, que, para que nos hagamos una idea, hace de él una nave de desembarco en la que unos pequeños «soldadocilos» se despliegan en el intestino y se atrincheran en la flora intestinal para resistir el asedio del E. coli y otras bacterias no tan afables.

La miel es el tipo de azúcar más saludable que puede tomarse, ya que posee muchas vitaminas y supone un chute energético que va directo al cerebro. El muesli también es rico en vitaminas, del grupo B (ideal contra migrañas y beneficiosas para los ojos), sobre todo, pero además aporta cantidades ingentes de proteínas, hierro y fibra.
Lo dicho, un primer desayuno ligero, pero extremadamente nutritivo.

El segundo, a eso de las 11.00, es un poco más contundente: consiste en un vaso (más bien tazón) de leche con cacao, cereales y un sándwich integral de mantequilla de cacahuete (maní) y mermelada, que por asqueroso que suene, está bien rico y aporta una cantidad de nutrientes ideal para reponer todo lo que hemos gastado por la mañana.

¿Cómo? ¿Me dices que tú no traduces, sino que interpretas? Bueno, pues si combinas cualquiera de estos dos desayunos con un puñado de frutos secos (avellanas, nueces y almendras, todas ellas naturales, sin sal) justo antes de la interpretación, le darás unas reservas de energía a tu cerebro que te durarán bastante. De hecho, puedes llevarte una bolsita e ir comiendo de ahí durante los descansos (recomiendo que también lleves agua, claro, porque secan la boca bastante). Verás que el bajón energético no es tan acusado. Esto se explica debido a su altísimo contenido en vitaminas del grupo B, que ayudan a paliar la fatiga, el estrés y el síndrome premenstrual («y ya si los comes con chocolate ni te cuento», pensaréis) y por muchas otras cualidades sobre las que puedes leer aquí. Cabe destacar que ácido Omega 3 ayuda en las funciones cognitivas del cerebro, tanto en la memoria como en el rendimiento y, como colofón, reduce los triglicéridos (grasas malas).

Todo un aliado de nuestra profesión.

Ahora bien, a mitad de semana suelo sufrir un bajón. Esto lo suelo contrarrestar invirtiendo el orden de los desayunos; necesito más energía de entrada que luego puedo reponer con el desayuno más ligero. Suele funcionar.

El almuerzo: he notado que lo que me despierta de verdad es una «macroensalada» con tomate, escarola, lechuga, zanahoria, maíz dulce («millo», por estos lares), atún, piña y aceite de oliva. El aguacate también contiene mucho Omega 3, así que conviene tenerlo presente, aunque por aquí está tan caro que lo suelo reservar para esos días bobos en los que no doy pie con bola.

Ahora bien, una ensalada en invierno como que no apetece tanto. Si queremos aportar carbohidratos y recuperar energía, nada como un buen potaje, ya sea de lentejas, judías, verduras, berros… Con una comida así nunca te vas a equivocar, porque las legumbres aportan cantidades enormes de proteínas, carbohidratos (recordemos que son necesarios), vitaminas, minerales, fibra y, encima, apenas contienen azúcares.

Tampoco podemos olvidarnos de la carne, gran fuente de proteínas.

Las sardinas regulan el colesterol y contienen ácidos grasos insaturados, cuyos beneficios ya hemos repasado.

Con la pasta hay que tener algo de cuidado. Es cierto que aporta muchos hidratos que van directos al cerebro, pero también es verdad que el bajón que da luego si no la gastamos en seguida puede ser contraproducente. Lo mejor es comerla con moderación o combinada en una ensalada.

La merienda: podemos probar con una pieza de fruta, un yogur o una compota (si les añadimos miel y frutos secos, mejor todavía). El té viene muy bien para ponernos las pilas y seguir trabajando.

La cena: aquí depende de nuestros hábitos. Si trabajamos mejor de noche o la fecha de entrega se cierne inexorablemente sobre nosotros y tenemos que entregar el encargo cuanto antes, entonces a lo mejor sí nos conviene cenar un poco más fuerte de lo habitual. Yo suelo cenar lo que desayuno; hay gente que cena «comida de plato». Sin embargo, lo cierto es que la cena debería ser la comida más ligera; quizá podrían combinarse dos tentempiés.

Para no extenderme demasiado, voy a dejarlo aquí. Lo cierto es que hay miles de combinaciones posibles y que me he dejado mucho en el tintero, pero tampoco quiero aburrir ni escribir la Biblia. Espero que hayáis aprendido algo y que os sirva de ayuda.

¡Buen provecho!

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