La Piedra Translatofal

El blog de traducción de Sergio Núñez Cabrera

Archivar para el mes “enero, 2013”

La traducción de imágenes: todo son posibilidades

La traducción y localización de imágenes es bastante peliaguda por varias razones, entre ellas, que en muchos casos conviene dominar programas de retoque fotográfico y que a esa dificultad pueden sumarse chistes, juegos de palabras visuales y toda suerte de recursos retóricos; problemas para los cuales intentaremos aunar soluciones en una suerte de aleación translaticia lo más armoniosa posible. Así pues, repasemos las dificultades que ha de resolver el traductor:

  • Nivel técnico: dominio del software (Adobe Photoshop, Painter, entre otros) y del hardware (tabletas gráficas).
  • Nivel hermenéutico: dominio de recursos retóricos, giros, fraseología, creatividad, entre otros.

En esta entrada vamos a tratar este último aspecto y tomaremos como ejemplo una imagen de la página de Tumblr de Inés Alcolea, cuya bitácora (la que va de traducción, porque la chica viene del Renacimiento, por lo menos) podéis leer aquí mismo, si es que no lo habéis hecho aún. Esto es solo un ejemplo de una imagen aislada; los traductores de cómic se enfrentan día a día a este tipo de escollos sumados a la limitación de espacio de los bocadillos o globos. Y no solo eso, sino que además han de tener en cuenta la coherencia de todo el texto. Lo mismo pasa con los traductores literarios de cuentos infantiles. El ejemplo que os ofrezco ahora, en cambio, es mucho más sencillo.

Antes de ensuciarnos las yemas de los dedos, vamos con un poco de teoría: Paul Kusmaul en su obra Training the translator (1995), dedica un capítulo entero a la creatividad en la traducción. Existen cuatro fases: preparación, incubación, iluminación y evaluación. La primera consiste en ser conscientes de los objetivos que nuestra solución ha de cumplir y la búsqueda de las herramientas que, creemos, nos servirán de ayuda; la segunda es la búsqueda de soluciones propiamente dicha y engloba, además, las soluciones preliminares que utilizamos para guiarnos, todo ello regido por procesos conscientes e inconscientes; la tercera supone dar con una solución que en principio creemos adecuada, y la última, el análisis crítico y objetivo de la solución encontrada. Durante estas cuatro fases se puede utilizar lo que Guilford llamaba «pensamiento divergente» (1997), que supone la flexibilidad mental a la hora de traducir o, si se desea, la habilidad para parafrasear y cambiar el punto de vista de un problema, para lo que hay que estar descansado psicológicamente y conocer plenamente las dimensiones del obstáculo que se quiere resolver, así como las de las soluciones que aportamos. El pensamiento divergente atisba y contempla varias opciones que desembocan en respuestas múltiples, de las cuales todas pueden ser correctas según el prisma con el que se mire. Satisface criterios de originalidad, inventiva y flexibilidad. Equivaldría a extraer el significado de la forma lingüística utilizando encadenamientos de categorías y significados.

Pasado el tributo a la traductología y a sus divinidades (engorroso para algunos, necesario para otros), tomemos como muestra la siguiente imagen:

FANTA

Una traducción literal (pero que literal, eh) sería la que sigue: «¿Es esto la vida real, o es solo fantasía?». Lejos de detenernos ahora en las cuestiones estilísticas («¿no suena mejor “no es más que fantasía”?»), reflexionemos un poco sobre esta solución:

En el original, la voz Fantasy aparece representada solo fonéticamente mediante la combinación de Fanta y sea, `mar´. Vamos, que el muñequito histérico se pregunta si está ante un «mar de Fanta». En la traducción propuesta, al lector se le facilita el juego de palabras adulterado, mutilado y masticado. El elemento gracioso, cuyo centro de gravedad radica precisamente en el juego de palabras, se pierde, pues no puede traducirse literalmente (pero que literalmente, eh), pues «Fantamar» no es desglosable en dos palabras con pleno significado tal y como ocurre en el texto original… ¿o sí?

Vale, ya hemos identificado la dificultad principal.

Malas noticias, voy a seguir con la teoría. Tranquilos, seré breve.

Reiss y Vermeer, en su teoría del skopos (1996) señalan, a grandes rasgos, que todo encargo tiene una intencionalidad, unos objetivos que cumplir y un público al que va dirigido.

Buenas noticias, eso significa que las posibilidades son, prácticamente ilimitadas. Repasemos los elementos con los que podemos jugar si queremos reproducir un juego de palabras mínimamente simpático (por subjetivo que esto sea) utilizando los elementos de la imagen y dirigido a un público hispanohablante. Se me ocurre que podemos jugar con los siguientes elementos:

  • Una lata de Fanta («bebida», «refresco», «gas», «naranja», «líquido», «cítrico», «ácido», «dulce», «chorro»).
  • Un mar de Fanta («oleaje», «marea», «corriente», «embravecido», «altamar», «bajamar», «brisa marina»).
  • Un barco («embarcación», «madera», «humo», «pirata», «flotar», «viaje», «transporte», «jerga marinera»).
  • Un marinero alarmado («sorpresa», «desazón», «angustia», «manos a la cabeza», «blanco», «duda», «incertidumbre»).
  • Referencias a la vida real (ya sean directas o indirectas). Sin embargo, hay que tener en cuenta que en el original es poco menos que una excusa para que el juego de palabras tenga sentido. Por lo tanto, respetar estas referencias no será algo esencial.
  • Juegos de palabras que no tiene por qué seguir el mismo formato que el original (aunque es lo idóneo).

Así que, a continuación, una serie de soluciones que trataré de analizar lo mejor posible. Por supuesto, no voy a emplear todas las ideas de más arriba; no se trata más que de una estrategia para esquematizar los elementos que podemos utilizar. En realidad, muchas de las opciones se me han ocurrido ahora y otras las he recordado como bien he podido, pues Tumblr se ha portado mal y ha borrado los datos que introduje en la página de Inés. En fin, seguiré mi ejemplo e idearé una lista sobre la marcha. Voy a dejarlo en ocho, que si no estoy hasta mañana:

FANTAmar

1)      Se hace un doble chiste con «lata» y «altamar». Lo malo es que el chiste pierde transparencia si dividimos «Fantamar» en dos unidades léxicas independientes. Además, hemos prescindido de toda referencia a la vida real, aunque como hemos indicado más arriba, en el original no es más que una excusa para hacer el juego de palabras, así que prescindir de él con tal de simular un efecto parecido es justificable.

FANTAseando

2)      Esta es más fiel al original, pero se pierde toda referencia al mar. Además, no es desglosable en dos partes, por lo que se pierde parte de la gracia del original.

FANTAmar2

3)      Esta mezcla las dos anteriores, pero de algún modo el efecto es extraño. «Navegar por (Fanta) altamar» asociado a la antítesis existente con el elemento «vida real» puede dar a entender que «Fantamar» es un paisaje imaginario, lo que puede corresponderse con el texto inglés en cuanto a los dos elementos antagónicos real life y Fanta sea.

FANTAutor

4)      Se pierde toda referencia a la vida real y al mar. Podría alegarse que no estamos aprovechando la imagen.

FANTArtico

5)      Aquí hay referencia al mar y se juega con «antártico». Lo malo es que si lo desglosamos, «antártico» priva de autonomía a «Fanta» y el resultado es extraño.

FANTAutista

6)      Aquí ya hemos empezado a separar los elementos, tal y como ocurre en el original. La referencia es un poco rebuscada y no hay referencias ni al mar ni a la vida real, aunque la que se hace al flautista puede resultar graciosa porque el desglose «Fanta»-«autista» hacen pensar que el aludido se quedó autista tras una sobredosis de Fanta. Rebuscado, lo sé.

FANTAtop

7)      Aquí hay una referencia al mar indirecta y la palabra se puede desglosar en dos. Se pierde la referencia con la vida real, pero ya hemos dicho que es secundario.

FANTAdepalos

8)      Esta es mi favorita. Lo único que se pierde es una referencia directa al mar, pero es obvio que el personaje no puede creerse que algo tan Fanta-ástico (lo siento) esté ocurriendo. Además, al ser una frase hecha propia de nuestro idioma, queda muy natural.

Y hasta aquí, este breve repaso que, espero, haya estimulado vuestra imaginación y creatividad. Por supuesto, los elementos de cada una pueden combinarse de forma casi ilimitada. Y seguro que existen muchísimas más opciones; esto no es sino una breve lista que se me ha ocurrido, porque se podrían hacer imágenes con Fantástico, Fantasmagórico, Fanta María llena eres de gracia, ¡lo que sea! Si tenéis alguna, ya sabéis: ¡a comentar!

 Bibliografía:

KUSSMAUL, PAUL. 1995. Training the Translator. Amsterdam/Philadelphia: John Benjamins.

REISS, KATHARINA; VERMEER, HANS-JOSEPH. 1996. Fundamentos para una teoría funcional de la traducción (traducción de Celia Martín de León y Sandra García Reina). Madrid: Ediciones Akal.

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«Soy la “comadilla” de la huerta»

Tal y como hemos visto en una entrada previa acerca de la raya, los signos sintagmáticos suponen todo un quebradero de cabeza para los traductores. Por si no os suena el término, consisten en aquellos que comprenden a los signos de puntuación, archiconocidos por todos (:); los de entonación, encargados de expresar un estado emocional (¡!), y a los llamados sintagmáticos auxiliares, que complementan a los anteriores (—). Y es que ya desde pequeños lo tenemos crudo, porque ni en el colegio ni en el instituto se les suele dar la importancia que merecen, según la experiencia de un servidor, claro está. De hecho, el humilde autor de esta bitácora se pasó puntuando «a ojo» toda su vida hasta que cursó sus estudios de traducción, y tampoco os vayáis a pensar que salió de la facultad con un pleno dominio de los signos sintagmáticos auxiliares, por excelente que fuera la formación en cuanto a la puntuación y demás cuestiones lingüísticas se refiere.

     Una vez sales de la facultad, borran tus datos del sistema, te expulsan del correo, te impiden sacar libros a menos que te hagas con el carnet de externo y, casi sin darte cuenta, te encajan un casco, un petate electrónico y un diccionario para arrojarte dentro de un campo de batalla ortotipográfico. Es una batalla secreta para el público general, con varios frentes y múltiples actores, (tal y como se dice por ahí y por poco sentido que pueda tener —uno se imagina a Hugh Jackman recogiendo el premio al mejor disparo con kalashnikov—). Es como El león, la bruja y el armario, pero sin felinos con voz de doctor House y con muchos palitos, barras y símbolos que quedan muy bonitos en un texto si uno los sabe colocar como es debido. Una vez las primeras semirrayas te pasan zumbando al lado de la oreja y te parapetas para evitar las ráfagas de staccato de los guiones automáticos, un veterano aguerrido y lleno de cicatrices te pasa con manos callosas el manual de estilo de José Martínez de Sousa y, como si de una versión artesanal del programa de aprendizaje de Matrix se tratara, empiezas a devolver los disparos. Es obvio que ya nos hemos decantado por una bandera bajo la que luchar.

«Pero entonces, ¿las comillas van dentro o fuera del punto?»

«Pero entonces, ¿las comillas van dentro o fuera del punto?»

     Lo anterior viene a colación de que la RAE y varios autores no se ponen de acuerdo sobre el uso de algunos símbolos. Sin embargo, basta con leer en «modo lingüista» unas cuantas novelas para darse cuenta de quién va ganando el conflicto. Así pues, en esta entrada tocaré cuestiones un tanto peliagudas con respecto al empleo de las comillas. Todo sea con tal de que todos los nuevos linguatratantes de cualquier gremio salgan menos perdidos que yo a este respecto cuando terminé de la carrera.

     El término comillas comprende a una trinidad de palitos. Están las angulares o latinas («»), las inglesas (“”) y las simples (‘’). La hegemonía anglosajona ha decretado que en nuestros teclados sea más fácil emplear las segundas en lugar de las primeras, pero al igual que en la entrada de la raya, hay métodos con los que emplearla.

     Las comillas latinas: en el menú de símbolos (Ω) de Word 2007 se llaman, y perdón por las mayúsculas, LEFT-POINTING DOUBLE ANGLE QUOTATION MARK y RIGHT-POINTING DOUBLE ANGLE QUOTATION MARK, respectivamente, y se obtienen introduciendo los comandos ALT+0171 y ALT+0187 en el teclado alfanumérico. En la entrada que ya he citado hay algunas chapuzas soluciones para paliar los problemas que nos saldrán al paso en cuanto queramos ser un pelín más correctos en el uso de estos signos, porque estas son las más propias de nuestro idioma en lugar de las inglesas. Las comillas latinas se emplean en la traducción literaria como sustitutas de las rayas de diálogo cuando un personaje está pensando. En los textos ingleses los pensamientos se marcan en cursiva, aunque no siempre. A veces, el narrador recurre también a la cursiva y a un salto de línea para dar énfasis y mayor dramatismo a una palabra determinada, en cuyo caso podremos dejarlo en redonda o hacer uso de otras estrategias para transmitir esa intensidad; incluso hay veces en las que podemos tener dudas entre quién emplea la cursiva, si el narrador o el personaje que acapara la acción en ese momento. A continuación, una serie de  ejemplos:

She has just left me alone, he thought.
Baffling.

«Me acaba de dejar solo», pensó.
Qué inaudito.

     O bien, si el tono de la obra lo admite y nos inclinamos más a pensar que la frase es un pensamiento del personaje y no una intervención del narrador (lo que también podría discutirse):

«Me acaba de dejar solo», pensó.
«Perplejo me hallo.»

     Sin embargo, si optamos por una traducción menos libre, el efecto persiste:

«Me acaba de dejar solo», pensó.
Desconcertante.

     La misión más común de las comillas es la de citar:

Como dijo un fraggle una vez: «Vamos a jugar, tus problemas déjalos».

     Cuando deben usarse varias comillas, la jerarquía es la siguiente: primero las latinas, luego las inglesas y, por último, las simples. Es sencillo, mirad este ejemplo:

La vaca superdotada pensó:
«Como dijo Bovinuddah: “La res que no ha pasado por el ‘infierno’ de sus pasiones, es que no las ha superado nunca”.»

     El lector avispado se habrá dado cuenta de una dificultad añadida en el ejemplo anterior. Cuando un enunciado acaba en comillas, ¿dónde se coloca el punto? ¿Antes del signo de cierre? ¿Después? Es este problema el que ha inspirado esta entrada. La RAE y los autores como Martínez de Sousa difieren en lo que ha de hacerse. Por un lado, la primera asegura (tal y como nos enseñaron en la facultad) que las comillas siempre van antes del punto. Por el otro, el autor ya mencionado se escuda en sus reflexiones y en las de otros autores para alegar un «depende», tal y como podemos ver en una cita que figura en Ortografía y ortotipografía del español actual (Martínez de Sousa, 2004: 401):

Si las comillas comienzan párrafo, han de terminarlo y, por lo tanto, el punto ha de ir dentro de ellas; si no lo comienzan tampoco han de terminarlo y las comillas se colocan antes que el punto.

(de la Vega, 1969: 726 ; 1976: 801)

     Ilustrémoslo con ejemplos. Por cierto, y aprovechando el carácter frik(qu)i de este vuestro espacio, recomiendo encarecidamente la lectura de la novela Guerra Mundial Z, de Max Brooks (ed. Almuzara, 2008; con traducción de Pilar Ramírez Tello); es todo un muestrario al respecto. Tras la publicidad, los ejemplos que os prometí:

     a) El capitán exclamó: «¡Tomad la brecha! ¡No dejéis que entren en la fortaleza!».

     b) En la puerta podía leerse el mensaje que reproduzco a continuación:
«Aquel que pretenda conservar su alma una vez atraviese este portal, morirá junto al resto de ingenuos.»

     Por cierto, lo mismo puede aplicarse a otros signos como los paréntesis (aunque en la página 385 de Guerra Mundial Z vemos un uso erróneo, anecdótico, eso sí). Ahora, otros ejemplos más jugosos:

     a) En mi apartamento, recordé las palabras que me había confesado el enajenado profesor Svenson. «Estábamos tan cerca —había dicho con ojos febriles—que casi pudimos bañarnos en su luz pestilente.» Aún me estremezco cuando pienso en ello.

     b) El doctor le preguntó al paciente: «¿Tiene usted, tal y como le gusta decir a mi esposa, “alguna idea ‘concreta’”?».

     En el primer caso, a pesar de que el enunciado sea parte de un párrafo en el que los demás enunciados están integrados, las comillas se colocan por fuera del punto y seguido, ya que abren y cierran el texto. En el segundo, a pesar de que los signos de entonación tengan valor de punto final, el signo de cierre neutraliza esa función (Martínez de Sousa, 2004: 401), por lo que la muestra no queda eximida de un punto final.

     Prosigamos con los otros dos tipos de comillas:

     Las comillas inglesas: solo las emplearemos cuando en el texto ya hayamos introducido las comillas latinas. Hay algunas publicaciones en cuyo libro de estilo prevalecen estas comillas y las simples, eso sí.

Tras cada uso erróneo de las comillas, se esconde este sujeto.

Tras cada uso erróneo de las comillas, se esconde este sujeto.

     Las comillas simples: estas, a diferencia de las anteriores, sí pueden tener uso independiente. Pueden usarse para encerrar las voces, sintagmas, frases o textos marcados a modo de ejemplo o, también, si en nuestra composición hay una abundancia desmesurada de cursivas. Hay que tener mucho cuidado de no confundirlas con las tildes graves y agudas (‘’), tal y como ha apuntado Fitoschido en los comentarios. También podemos emplearlas en el metalenguaje cuando utilizamos palabras con su valor conceptual:

     a) El profesor de lengua dijo: «‘Hay’, no es lo mismo que ‘ay’».

     b) Aquí se emplea la voz usado como ‘verbo’, no como ‘adjetivo’.

     Por último, aprovecho para poner de relieve que en muchas publicaciones se emplean comillas con carácter de cita cuando lo mejor sería conservar un estilo indirecto e incluir la cita textual en el cuerpo del artículo. Aquí podemos ver un ejemplo muy infame.

     Hasta aquí, este repaso a las comillas. Como he dicho antes, esta es una batalla de múltiples frentes. Con respecto a la postura de las editoriales, he visto las dos aproximaciones, pero si me preguntaran cuál parece ser la más común, diría que la de José Martínez de Sousa.

    Un saludo y hasta la próxima entrada.

«Demasiada... ortografía...»

«Demasiada… ortografía…»

FUENTES:

MARTÍNEZ DE SOUSA. 2004. Ortografía y ortotipografía del español actual, Asturias: ediciones Trea. SL.

REAL ACADEMIA ESPAÑOLA. 2005. Diccionario Panhispánico de Dudas, Madrid: Espasa-Calpe.

—1973: Esbozo de una Nueva Gramática de la Lengua Española. Madrid: Espasa-Calpe.

La anfibología inofensiva (o no)

Cuando estudiamos en la licenciatura, uno de los defectos de estilo sobre el que más nos advierten es la anfibología o ambigüedad. Esta puede manifestarse por muchas razones, la mayoría de ellas de índole sintáctica o derivadas de la práctica translatológica:

Catherine´s eyes fixed upon Claudia´s, her dog. Then she started to moan in horror.
Catherine clavó la mirada en la de Claudia, su perra. Entonces, comenzó a gemir, presa del terror.

¿Quién gime? ¿Catherine o Claudia? Una solución podría ser añadir alguna fórmula como «la primera», «esta última» y similares. De lo que no hay duda es que el grado de ambigüedad resulta palpable, incluso para un lector lego, alejado de las vicisitudes lingüísticas del día a día traductoril. Sin embargo, esto no siempre es así.

«En caso de duda, no se instale una cerradura en el cráneo y luego, si eso, consulte a su farmacéutico.»

Hace un par de días estaba viendo los informativos de Antena 3, en el que destacaron los bancos de niebla en el centro peninsular. Me llamó la atención la expresión siguiente: «La DGT nos da unos consejos para conducir más seguros». Ahí fue cuando el traductosentido de un servidor comenzó a zumbar. A simple vista, por el contexto se entiende que se trata de consejos para conducir con mayor seguridad en situaciones de poca visibilidad como esta. Sin embargo, ¿podría hablarse de una «anfibología “inofensiva”», en la que el grado de desvío entre dos posibles opciones consiste en meros matices que casi llegan a confluir en un mismo resultado semántico? Porque conducir más seguro una vez seguimos las pautas de la DGT puede conllevar conducir con mayor seguridad. No obstante, existe un margen de desvío: en un alarde de ignorancia o negligencia, podemos sentirnos seguros de las decisiones que tomamos al volante, por demenciales que sean:

—Señor, iba a ciento veinte por la autopista. Multa al canto.
—¡Pero si es la velocidad permitida!
—¿Es que no se ha dado cuenta de que la visibilidad es menor del setenta por ciento?
—¡Pero si por esta vía nunca pasa nadie!

Ahora bien, de no contar con el contexto,  uno podría pensar que la DGT, siempre interesada en que el tráfico fluya sin incidentes ni demoras, ha emprendido una campaña de asesoramiento psicológico a los conductores que no saben si deben detenerse o no en un ceda el paso.  Uno se imagina el diálogo siguiente:

—Es que es coger el volante, comenzar a circular y ¡zas!, me empiezan a asaltar dudas: ¿en qué carril me meto para coger las rotondas si voy a salir por la segunda salida? En una recta breve, ¿merece la pena meter tercera, o sigo en segunda? Y así cada dos por tres, ¡qué agonía! ¡Qué sinvivir!
El asesor de la DGT coge al paciente consultor de la mano y, con una mirada rebosante de comprensión y bondad, le responde lo que sigue:
—Tranquilo… tranquilo… Para empezar, repase el manual y vuelva dentro de tres meses.

Como vemos, la televisión nos ofrece a los traductores cotas de entretenimiento que van más allá del contenido; el continente da mucho de sí, y no me refiero a Europa. Lo que está claro es que los traductores y otros profesionales de la lengua deberíamos evitar enunciados ambiguos como el que ha servido de inspiración para esta entrada, por leve que sea el grado de desviación. La solución pasa por pensar bien antes de escribir, revisar e informarse si nos asaltan dudas de cualquier tipo.

«Sí, vale, vale; pero, ¿al final quién gemía? ¿Catherine o Claudia?»

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