La Piedra Translatofal

El blog de traducción de Sergio Núñez Cabrera

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«Soy la “comadilla” de la huerta»

Tal y como hemos visto en una entrada previa acerca de la raya, los signos sintagmáticos suponen todo un quebradero de cabeza para los traductores. Por si no os suena el término, consisten en aquellos que comprenden a los signos de puntuación, archiconocidos por todos (:); los de entonación, encargados de expresar un estado emocional (¡!), y a los llamados sintagmáticos auxiliares, que complementan a los anteriores (—). Y es que ya desde pequeños lo tenemos crudo, porque ni en el colegio ni en el instituto se les suele dar la importancia que merecen, según la experiencia de un servidor, claro está. De hecho, el humilde autor de esta bitácora se pasó puntuando «a ojo» toda su vida hasta que cursó sus estudios de traducción, y tampoco os vayáis a pensar que salió de la facultad con un pleno dominio de los signos sintagmáticos auxiliares, por excelente que fuera la formación en cuanto a la puntuación y demás cuestiones lingüísticas se refiere.

     Una vez sales de la facultad, borran tus datos del sistema, te expulsan del correo, te impiden sacar libros a menos que te hagas con el carnet de externo y, casi sin darte cuenta, te encajan un casco, un petate electrónico y un diccionario para arrojarte dentro de un campo de batalla ortotipográfico. Es una batalla secreta para el público general, con varios frentes y múltiples actores, (tal y como se dice por ahí y por poco sentido que pueda tener —uno se imagina a Hugh Jackman recogiendo el premio al mejor disparo con kalashnikov—). Es como El león, la bruja y el armario, pero sin felinos con voz de doctor House y con muchos palitos, barras y símbolos que quedan muy bonitos en un texto si uno los sabe colocar como es debido. Una vez las primeras semirrayas te pasan zumbando al lado de la oreja y te parapetas para evitar las ráfagas de staccato de los guiones automáticos, un veterano aguerrido y lleno de cicatrices te pasa con manos callosas el manual de estilo de José Martínez de Sousa y, como si de una versión artesanal del programa de aprendizaje de Matrix se tratara, empiezas a devolver los disparos. Es obvio que ya nos hemos decantado por una bandera bajo la que luchar.

«Pero entonces, ¿las comillas van dentro o fuera del punto?»

«Pero entonces, ¿las comillas van dentro o fuera del punto?»

     Lo anterior viene a colación de que la RAE y varios autores no se ponen de acuerdo sobre el uso de algunos símbolos. Sin embargo, basta con leer en «modo lingüista» unas cuantas novelas para darse cuenta de quién va ganando el conflicto. Así pues, en esta entrada tocaré cuestiones un tanto peliagudas con respecto al empleo de las comillas. Todo sea con tal de que todos los nuevos linguatratantes de cualquier gremio salgan menos perdidos que yo a este respecto cuando terminé de la carrera.

     El término comillas comprende a una trinidad de palitos. Están las angulares o latinas («»), las inglesas (“”) y las simples (‘’). La hegemonía anglosajona ha decretado que en nuestros teclados sea más fácil emplear las segundas en lugar de las primeras, pero al igual que en la entrada de la raya, hay métodos con los que emplearla.

     Las comillas latinas: en el menú de símbolos (Ω) de Word 2007 se llaman, y perdón por las mayúsculas, LEFT-POINTING DOUBLE ANGLE QUOTATION MARK y RIGHT-POINTING DOUBLE ANGLE QUOTATION MARK, respectivamente, y se obtienen introduciendo los comandos ALT+0171 y ALT+0187 en el teclado alfanumérico. En la entrada que ya he citado hay algunas chapuzas soluciones para paliar los problemas que nos saldrán al paso en cuanto queramos ser un pelín más correctos en el uso de estos signos, porque estas son las más propias de nuestro idioma en lugar de las inglesas. Las comillas latinas se emplean en la traducción literaria como sustitutas de las rayas de diálogo cuando un personaje está pensando. En los textos ingleses los pensamientos se marcan en cursiva, aunque no siempre. A veces, el narrador recurre también a la cursiva y a un salto de línea para dar énfasis y mayor dramatismo a una palabra determinada, en cuyo caso podremos dejarlo en redonda o hacer uso de otras estrategias para transmitir esa intensidad; incluso hay veces en las que podemos tener dudas entre quién emplea la cursiva, si el narrador o el personaje que acapara la acción en ese momento. A continuación, una serie de  ejemplos:

She has just left me alone, he thought.
Baffling.

«Me acaba de dejar solo», pensó.
Qué inaudito.

     O bien, si el tono de la obra lo admite y nos inclinamos más a pensar que la frase es un pensamiento del personaje y no una intervención del narrador (lo que también podría discutirse):

«Me acaba de dejar solo», pensó.
«Perplejo me hallo.»

     Sin embargo, si optamos por una traducción menos libre, el efecto persiste:

«Me acaba de dejar solo», pensó.
Desconcertante.

     La misión más común de las comillas es la de citar:

Como dijo un fraggle una vez: «Vamos a jugar, tus problemas déjalos».

     Cuando deben usarse varias comillas, la jerarquía es la siguiente: primero las latinas, luego las inglesas y, por último, las simples. Es sencillo, mirad este ejemplo:

La vaca superdotada pensó:
«Como dijo Bovinuddah: “La res que no ha pasado por el ‘infierno’ de sus pasiones, es que no las ha superado nunca”.»

     El lector avispado se habrá dado cuenta de una dificultad añadida en el ejemplo anterior. Cuando un enunciado acaba en comillas, ¿dónde se coloca el punto? ¿Antes del signo de cierre? ¿Después? Es este problema el que ha inspirado esta entrada. La RAE y los autores como Martínez de Sousa difieren en lo que ha de hacerse. Por un lado, la primera asegura (tal y como nos enseñaron en la facultad) que las comillas siempre van antes del punto. Por el otro, el autor ya mencionado se escuda en sus reflexiones y en las de otros autores para alegar un «depende», tal y como podemos ver en una cita que figura en Ortografía y ortotipografía del español actual (Martínez de Sousa, 2004: 401):

Si las comillas comienzan párrafo, han de terminarlo y, por lo tanto, el punto ha de ir dentro de ellas; si no lo comienzan tampoco han de terminarlo y las comillas se colocan antes que el punto.

(de la Vega, 1969: 726 ; 1976: 801)

     Ilustrémoslo con ejemplos. Por cierto, y aprovechando el carácter frik(qu)i de este vuestro espacio, recomiendo encarecidamente la lectura de la novela Guerra Mundial Z, de Max Brooks (ed. Almuzara, 2008; con traducción de Pilar Ramírez Tello); es todo un muestrario al respecto. Tras la publicidad, los ejemplos que os prometí:

     a) El capitán exclamó: «¡Tomad la brecha! ¡No dejéis que entren en la fortaleza!».

     b) En la puerta podía leerse el mensaje que reproduzco a continuación:
«Aquel que pretenda conservar su alma una vez atraviese este portal, morirá junto al resto de ingenuos.»

     Por cierto, lo mismo puede aplicarse a otros signos como los paréntesis (aunque en la página 385 de Guerra Mundial Z vemos un uso erróneo, anecdótico, eso sí). Ahora, otros ejemplos más jugosos:

     a) En mi apartamento, recordé las palabras que me había confesado el enajenado profesor Svenson. «Estábamos tan cerca —había dicho con ojos febriles—que casi pudimos bañarnos en su luz pestilente.» Aún me estremezco cuando pienso en ello.

     b) El doctor le preguntó al paciente: «¿Tiene usted, tal y como le gusta decir a mi esposa, “alguna idea ‘concreta’”?».

     En el primer caso, a pesar de que el enunciado sea parte de un párrafo en el que los demás enunciados están integrados, las comillas se colocan por fuera del punto y seguido, ya que abren y cierran el texto. En el segundo, a pesar de que los signos de entonación tengan valor de punto final, el signo de cierre neutraliza esa función (Martínez de Sousa, 2004: 401), por lo que la muestra no queda eximida de un punto final.

     Prosigamos con los otros dos tipos de comillas:

     Las comillas inglesas: solo las emplearemos cuando en el texto ya hayamos introducido las comillas latinas. Hay algunas publicaciones en cuyo libro de estilo prevalecen estas comillas y las simples, eso sí.

Tras cada uso erróneo de las comillas, se esconde este sujeto.

Tras cada uso erróneo de las comillas, se esconde este sujeto.

     Las comillas simples: estas, a diferencia de las anteriores, sí pueden tener uso independiente. Pueden usarse para encerrar las voces, sintagmas, frases o textos marcados a modo de ejemplo o, también, si en nuestra composición hay una abundancia desmesurada de cursivas. Hay que tener mucho cuidado de no confundirlas con las tildes graves y agudas (‘’), tal y como ha apuntado Fitoschido en los comentarios. También podemos emplearlas en el metalenguaje cuando utilizamos palabras con su valor conceptual:

     a) El profesor de lengua dijo: «‘Hay’, no es lo mismo que ‘ay’».

     b) Aquí se emplea la voz usado como ‘verbo’, no como ‘adjetivo’.

     Por último, aprovecho para poner de relieve que en muchas publicaciones se emplean comillas con carácter de cita cuando lo mejor sería conservar un estilo indirecto e incluir la cita textual en el cuerpo del artículo. Aquí podemos ver un ejemplo muy infame.

     Hasta aquí, este repaso a las comillas. Como he dicho antes, esta es una batalla de múltiples frentes. Con respecto a la postura de las editoriales, he visto las dos aproximaciones, pero si me preguntaran cuál parece ser la más común, diría que la de José Martínez de Sousa.

    Un saludo y hasta la próxima entrada.

«Demasiada... ortografía...»

«Demasiada… ortografía…»

FUENTES:

MARTÍNEZ DE SOUSA. 2004. Ortografía y ortotipografía del español actual, Asturias: ediciones Trea. SL.

REAL ACADEMIA ESPAÑOLA. 2005. Diccionario Panhispánico de Dudas, Madrid: Espasa-Calpe.

—1973: Esbozo de una Nueva Gramática de la Lengua Española. Madrid: Espasa-Calpe.

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